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.—Doctor Eliot, qué elegante va.—Buenas noches, Polly —dije.El aliento le hedía a ginebra.Estaría empapando su interior, su estómago, sus tripas, su vejiga, su hígado, su sangre.Todo podrido; todos sus órganos estaban podridos y apestaban, todas sus células estaban podridas y apestaban.Las patas del insecto que se paseaba por mi cerebro eran ahora como garras.—Estás enferma —le dije.Sonreí—.Te voy a curar.—Abrí el maletín; a ella no le dio tiempo de protestar.Le abrí la tráquea con el cuchillo; le salió un magnífico chorro de sangre carmesí.Supe al instante, al cortarle la garganta de oreja a oreja, que había hecho lo que convenía hacer.A medida que ella iba perdiendo la vida, yo recobraba la mía.El flujo de sangre me hizo mucho bien; había matado mi rabia; el insecto iba muñéndose, sus patas se convertían en paja.Me reí cuando sentí que caía de mi cerebro.Miré a Polly, que estaba en el suelo.Respiraba agitadamente.Volvía cortarle la garganta hasta la columna…Alcé la vista y vía Lilah.—Jack —murmuró besándome—, mi querido Jack.Qué ser tan maravilloso he hecho de ti.Yo me reí.Sus besos me embriagaban, y la vida que había aniquilado.Volví junto al cuerpo sin vida de Polly y seguí cortándolo.Lilah me estrechó fuerte en sus brazos; yo me derretí al sentir su contacto.No soy capaz de describir lo que me dio; las palabras no sirven.Pero no necesitaba palabras; me bastó con abrirme y aceptarlo.Persistió durante un largo tiempo.Mientras estábamos ocultos en la oscuridad, yo seguía regocijado; observábamos a los policías que no dejaban de dar silbidos, los médicos que acudían corriendo, la muchedumbre nerviosa y ansiosa.Cómo me reí cuando alguien le pidió a Llewellyn, mi propio colega, que certificara la causa de la muerte.¡Si lo supiera! ¡Y yo estaba detrás de él, con Lilah!Aquella mañana desayunamos en Simpson's ostras y vino negro.De vuelta en Rotherhithe, el placer y el júbilo duró días; digo días para que me entiendas, pues para mí, cuando estaba con Lilah, no existía el tiempo.Tenía sólo sensaciones y juzgaba por lo que sentía; había reprimido al esclavo.Oscuramente lo sabía, pues las tinieblas no me habían nublado la razón; mi antigua personalidad seguía viva.A medida que iba viendo con más claridad los contornos de mis actos, empecé a sentir un horror creciente, porque comprendía lo que había hecho.Pronto me di mucho asco; un asco que me aplastaba y me paralizaba; ni siquiera soportaba moverme.Y, sin embargo, volví a ser el de siempre y, al saberlo, pude por fin actuar.Sabía que tenía que escapar.Me fui mas no crucé el Támesis sino que me dirigí a London Brídge.Nadie intentó retenerme.Aunque no me hacía ilusiones; sabía que Lilah no tardaría en ponerme sus garras encima.Pero entretanto podría alertar a ciertas personas.—A Whitechapel —le ordené al cochero al cruzar London Brídge—.Hanbury Street.—Tenía que prevenir a Llewellyn; tenía que contarle todo antes de volver a perder la razón, tenía que decirle lo que le había sucedido a mi cerebro, tenía que contarle que me había convertido en un monstruo.Mas estaba ya perdiendo otra vez la razón; a medida que me alejaba de Rotherhithe, volvía a sentir en mi mente las patas del insecto.Apreté los puños, cerré los ojos; pugné por arrancar de mi interior aquel dolor punzante que me atravesaba los pensamientos.Pero qué despiadado era; yo necesitaba desesperadamente que me curaran.Por fin, llegamos a la esquina de Hanbury Street; el cochero se negó a adentrarse en aquella callejuela; me dijo que era un hombre decente y que eran altas horas de la noche.Yo asentí, sin comprenderlo; le puse todo el dinero que llevaba en la palma de la mano y salí, tambaleándome como un borracho.El dolor me tenía anestesiado, pero sólo tenía que andar unos pasos.En seguida llegaría.Le eché una ojeada a una mujer que estaba apoyada en una farola.Penseque era una gran suerte que estuviera tan cerca del hospital; de lo contrario, no habría pasado por su lado.Me detuve y fijé mis ojos en ella.Me sonrío.Al igual que la otra, apestaba a genitales sin lavar y a sudor.Al pensar en su cuerpo, en su vida, me estremecí.Quise chillar, tan intenso era el dolor.Di un paso, luego otro.Yo andaba, después de todo.Avanzaba por la calle.El hospital no quedaba muy lejos.—¿Cuánto? —pregunté.La mujer me hizo una mueca; me dijo una cifra.Yo asentí.—Aquí —dije señalándole una zona que estaba a oscuras—.Donde no puedan vernos.La mujer frunció las cejas.Me di cuenta de que estaba temblando y pugné por contenerme.Ella, sin embargo, debió pensar que estaba ansioso de placer, porque volvió a sonreírme y me cogió del brazo.¡Así que creyó que yo la deseaba! ¡Que deseaba explorar su coño apestoso y húmedo! La idea redobló mi asco.El placer de matarla fue, si cabe, más grande que el que había sentido la prímera vez.Le acuchillé la garganta, le abrí las tripas.Los intestinos estaban todavía frescos.¡Con cuánto placer los tiré al suelo! ¡Unos tejidos sobre la inmundicia, basura sobre la basura! Le corté el útero.Ahora no había ninguna posibilidad de que la vida se formara en él.Aunque pútrido y convertido en excremento, pensé de repente, podían crecer flores en él.Me las imaginé: blancas, aromáticas, delicadas.¡Unas flores hermosas que habían crecido en un lugar como aquél! Cogería el útero y se lo ofrecería.Lilah estaba al final de la calle.Aceptó mi ofrenda con una carcajada y un beso.Regresamos a Rotherhithe.El placer persistió al igual que la otra vez.Sólo existía el gozo, nada más; los recuerdos del mundo que se extendía más allá de los muros del almacén quedaron borrados y los detalles de mi vida me parecían ahora inmensamente lejanos.Esto sólo lo comprendí después de mi encuentro con lady Mowberley; digo lady Mowberley porque al principio apenas podía recordar su verdadera personalidad, ni siquiera cómo la había conocido.Sin embargo, una noche, mientras estaba mirando absorto las llamas de un quemador de incienso, imaginándome dibujos de sangre en el fuego, se me apareció su rostro; de pronto vi delante de mí a esa mujer casi olvidada, salida, al parecer, de mis propios sueños.—Jack —susurró—.Jack.—Me pasó la mano por la frente—.¿No me conoces? —preguntó.Fruncí las cejas.Parecía un espectro, era irreal.Mas, poco a poco, empecé a recordarla y cómo la había buscado desesperadamente en el pasado.Este recuerdo me hizo reír.¿Era verdad que me había enfrentado a ella con el objeto de preservar la vida humana?Me aseguró que era cierto; después se echó a reír.—Lo siento —dijo—, pero, como ves, hay ciertos imperativos que no tenemos más alternativa que obedecer.No me culpes, Jack, y no te culpes a ti mismo.Somos juguetes de Lilah.Una vez, en las estribaciones del Himalaya, yo también luché por deshacerme de ella.Hace tanto tiempo, tanto tiempo que sentí sus dientes y sus labios en mi propia piel, y sus pensamientos dentro de mi cerebro… mi Lilah… mi amada Lilah, mi reina cautivante… —Hizo una pausa; me acarició la mejilla suavemente con sus uñas—.Sin embargo, ahora —murmuró—, si tuviera la oportunidad de elegir, no volvería a mi antigua condición de mortal.He aprendido demasiadas cosas y he sentido demasiadas cosas.Tengo mis propios juguetes.¿Te acuerdas de Lucy? —Sonrío—.Estoy segura de que desea mandarte recuerdos.—Hizo una pausa; yo no comprendía nada; estaba demasiado mareado, no recordaba el nombre de Lucy [ Pobierz całość w formacie PDF ]
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